Otra carta de desamor

Hace mucho que no escribo, ni aquí ni en ninguna parte.

Hace mucho que no escribo porque mis palabras se fueron en tu maleta. Lo cierto es que, de haber podido, yo también me habría ido en tu maleta y ahora que lo pienso, de alguna manera así fue. Siempre te dije que lo nuestro no era simple amor, sino intimidad. Esa intimidad que se vuelve complicidad que se vuelve comodidad en la piel ajena y la propia, como si cada uno fuera un capítulo del otro.

Pero la vida nos pasó rodando por encima de los planes de madrugadas juntos, de casitas blancas y millones de platos de pasta compartidos. La vida nos incendió los sueños hasta hacerlos cenizas blancas que se han metido alojado en lugares de mi alma a los que no llego para limpiar.

Hace años que no hablamos, pero yo sigo hablando contigo. En mi monólogo mental siempre eres el interlocutor. Estás ahí, al fondo, como la canción aquella que no se puede uno sacar de la cabeza, al fondo esperando un acorde perdido para saltar y quedarse dando vueltas por días hasta que logro sacudirte, pero sé que no te vas, solo esperas a la próxima oportunidad.

Y así estoy hoy, con tu recuerdo bien sentado junto a mí. Tu sonrisa de niño, tus manos fuertes y tus ganas de cambiar el mundo. Sentado junto a mí contándome chistes malos y el corazón se me hace chiquito y luego grande por turnos. Chiquito, grande, grande, grande, chiquito, chi qui to.

Buena parte de mí sigue esperando el día que vuelvas a aparecer por mi vera. Esa parte de mí sabe que cuando lo hagas, me amarraré a tu cintura, me meteré en tus huesos, me alojaré en tu espalda para ese siempre que dijimos que sería para siempre. La otra parte de mí me da bofetadas de realidad.

Lo cierto es, mi querido amor,  que no quiero olvidarte.

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De privilegios

Cada día tiene su propia inquietud, dice la Biblia. He llegado a entender esa frase bastante bien, sin embargo, y a pesar de las muchas vicisitudes que he vivido, hay inquietudes que nunca he sufrido. Entiéndase inquietudes como problemas.

Ahora que llevo casi 33 años en este infame planeta, me doy clara cuenta de los muchos privilegios de los que he disfrutado (y sigo disfrutando).

Para empezar, soy una mujer sin mayores defectos físicos y aceptablemente sana, o sea, no me falta ningún miembro, todos mis sentidos funcionan y no necesito cuidado médico más allá del chequeo anual justo y necesario. En ese sentido, también parezco tener todas mis facultades mentales, no he sido diagnosticada con ningún trastorno de aprendizaje y la ansiedad y depresión ocasional que me atacan no constituyen un impedimento para el desarrollo de mi vida, además, todos tenemos derecho a sentirnos un poco grises de vez en cuando, eso de la gente siempre feliz me parece una falacia digna de estudio.

Siguiendo con el asunto de ser mujer, me tocó la suerte de nacer en un país/familia donde las mujeres gozan de todos los derechos legales, hay machismo, pero en general no estamos oprimidas. . Por otro lado, mi viejo se alegró y se sigue alegrando de tener una hija, nadie pensó que era una pérdida de dinero enviarme a la escuela y de hecho me criaron igual que a mi hermano.

Dicho todo esto, ahora que soy una mujer hecha y derecha y que puedo ver más allá de mis narices, me doy cuenta de todo lo que he dado por sentado. Empezando por mi propia inteligencia y terminando por que nunca, nunca, nunca en mi vida me he despertado pensando qué voy a comer, ni me he ido a dormir con hambre. Siempre he tenido absolutamente todo lo que necesito e incluso más.  Tengo la dicha de levantarme todas las mañanas y tener a papá y mamá a quien darles los buenos días y hasta tengo un hermano con quien discutir de vez en cuando. Tengo primos y amigos y tíos y hasta  un sobrino postizo que parece que fuera propio.

Como la canción aquella:

“Tengo, tengo, tengo

y tú no tienes nada.

Tengo tres ovejitas

en una sola cabaña.”

Y ustedes, ¿qué tienen?

Reflexiones trasnochadas

He pasado un par de días de terror y con muy poco descanso lo que me ha dado tiempo de reflexionar cuán egotistas nos hemos vuelto.

No sé cuántas veces he leído aquello de “si un hombre no lucha por ti, es porque no reconoce tu valor; eres una reina, no dejes caer tu corona; no lo busques.”

No sé mucho de relaciones, lo que sé como maestra es que SIEMPRE se puede mejorar y NADIE es perfecto.  Es posible que no “valgas” tanto como crees. Es posible que no seas tan bueno como crees, que tú seas esa persona tóxica que tanto publicas que debes sacar de tu vida. ¿Lo has pensado? ¿Has considerado que tú puedas ser esa piedra en el zapato de aquel  a quien acusas de no valorarte?

Tal vez sería bueno sentarse y pensar si en verdad somos tan reinas, tan irremplazables, tan únicas. Tal vez deberíamos sentarnos y pensar objetivamente si quisiéramos a alguien con todos nuestros defectos a  nuestro lado. A veces el otro no es el problema, a veces el problema es que todo eso que pensamos que somos, no lo somos. A veces todo eso que pensamos que damos, no lo damos por amor, sino por orgullo, por ganas de enarbolar esa estúpida bandera de súper novia, súper amiga, súperwuman. Esa babosada de independencia que depende de los likes en facebook. Esa ceguera selectiva que solo nos aqueja a la hora de ver la viga en nuestro ojo.

En resumen, porqué no, en lugar de sentarnos y enumerar nuestras maravillas y razones para que nos amen, no nos sentamos y pensamos en maneras de ser más dignos de amor y en mejores formas de amar.

 

Fue mi culpa

-Fue mi culpa, yo fui allá con él voluntariamente pensando que todo iba a ser como yo quisiera. No debí creerle, pero soy medio tonta.
Yo sé qué vas a decir: nunca es culpa de la víctima, nadie quiere que lo violen…

(Silencio, lágrimas que se asoman, mirada perdida que rehúye la mia)

Fue mi culpa, ¿sabes? Yo estaba aburrida y él estaba libre.
Fuimos a dar una vuelta y no sé cómo terminamos en ese lugar. Yo le dije que no quería sexo y le creí cuando dijo que yo estaba a cargo. ¿Ya ves lo tonta que soy? No, no me mires así, sé que en el fondo piensas que me lo busqué. ¿Qué hace una mujer en una cama con un hombre si no quiere sexo? No, no lo niegues, lo estás pensando. Pero en verdad no lo quería dentro mio.

(Silencio… espero…)

Le dije que no, dije que no quería, que me dejara quieto el pantalón; pero el sonreía mientras me sujetaba las manos y me fue dando miedo. Esa mirada la conozco bien. Es la mirada que anula, que te convence de que lo que estás diciendo no es lo que quieres, que él sabe lo que quieres, que cualquier negativa es inútil.
Estaban pasando una película de Anthony Hopkins, la del hombre  lobo, no la había visto antes y nunca antes le puse tanta atención a la televisión. Mientras él forzaba su cuerpo en el mio, yo miraba la televisión. Esa que estaba en la cama no era yo, sigo sin ser yo. Él se movia dentro de mi y yo me concentraba en el hombre que se convertía en lobo en la pantalla. Alcancé a decirle que al menos se pusiera un condón. Me rendí. No me moví, solo miré la tele, la miré fijamente y salí de  mi cuerpo hasta que él terminó, lo dejé hacer, tuve demasiado miedo para luchar, solo lo dejé hacer hasta acabar.
Ahora entiendes que fue mi culpa. No hubo golpes, no hubo gritos, no hubo engaño, solo una mujer asustada que no supo negarse lo bastante fuerte, una mujer débil que no luchó.
Vas a decirme que una sola negativa es suficiente, pero sabes, sabemos que no. Que una tiene que dejarse las uñas para que sea suficiente.
Mi papá se enfermó esa noche. Me llamaron y fui a casa. Me vestí y fui a casa como si no hubiera pasado nada. Y en mi conciencia inmediata, solo registré al hombre lobo. Fui a casa y abracé a mi papá, busqué medicinas para él, ayudé a vestirlo. No me di cuenta de que estaba sangrando hasta el día siguiente. Sangré tanto que necesité una toalla. Dos días sangrando. Y no fue hasta que vi mi ropa manchada que mi cerebro unió los puntos y me dijo “te violaron, por pendeja te violaron”.

(Los ojos están rojos, pero no hay lágrimas. Me mira fijamente)

Pendeja soy. No te voy a mentir, a veces me duele. Y es horrible cuando estoy con mi novio. Ya sabes, lo conoces, es tan bueno conmigo. Con él media negativa es suficiente. Pero el dolor no se va. Es como si mi cuerpo siguiera sintiéndose atacado. A veces … me da pena con mi novio, no tengo ganas, tengo ganas de estar con él, pero entonces mi cuerpo recuerda. El dolor, ese dolor.
Yo le conté, no como te lo estoy contando a ti. Pero, ¿cómo le explicas al hombre que te ama que un maldito te desgració y que tu útero está amargado? Porque eso siento: que mi útero está amargado, que se atrincheró dentro de mi, que está aterrado ahí, cerrando puertas y ventanas cada vez que siente algo muy cerca.

(Ahora la mirada es tan fija que parece de un depredador a punto de atacar … y de pronto, esa sonrisa, conozco esa sonrisa, la sonrisa de “ya qué”.)

¿Vas a escribir esto? No me importa. Esa no era yo. Yo esa noche me vi una peli del hombre lobo.-

Son las 9 de la noche

Son las 9 de la noche, es martes, estoy agotada y mis procesos mentales -de por sí extraños-empiezan a ir en todas direcciones incluso algunas que rompen la lógica matemática.
Por ejemplo, fíjate, que me ha llegado ese pensamiemto peregrino de que la llamen  “puta”  a una no es tan malo.
Ya va que te explico. Obviamente la palabra en cuestión  es usada para insultar y esos asuntos de corrección política no las vamos a discutir por acá porque es tema de otra día.
Calma, voy a eso. El asunto es que “puta” es algo así como el apócope despectivo para “prostituta” y , después de todo, la prostitución puede ser una profesión (eso depende de la libertad de quien la ejerza, claro). Ahora, que eso de ser prostituta no debe ser nada fácil; eso de tratar con amor y atención a todos los clientes ya sean gordos o flacos, feos o guapos, peludos o lampiños, emperfumados o no… digo, eso me suena como el servicio al público más complicado del mundo. Y luego que no sabes si ese tipo está loco o si tiene alguna enfermedad contagiosa y nadie te paga esos riesgos profesionales.
Además, como sabemos, la prostitución es un negocio con tarifas establecidas y hasta con lugares de trabajo que pueden ser lujosísimos (no, no vamos a discutir el aspecto moral del asunto).
Dicho eso, ser  una buena puta implica una serie de habilidades y talentos histriónicos y de relaciones públicas que necesitan ser  pulidos con el tiempo. Insisto en que todo esto aplica solo si la trabajadora lo hace por decisión propia sin cohersión ni coacción.

Y bueno, la próxima que me llamen “puta” me va a salir por el mismo oído que me entró. Total, las palabras tienen el valor que uno les dé.

El problema de enamorarse.

El problema con enamorarse es que uno se queda desnudo. Uno se queda ahí, como quien quedó empapada porque un cabrón pasó a toda velocidad sobre el charco mientras tú caminabas por la acera, vestido de blanco, para una entrevista. Enamorarse se siente un poco como la primera vez que dejas a tu hijo en la puerta de la escuela, lo entregas despacio, miras a la maestra como intentando leerle el alma y los antecedentes y luego te quedas ahí, viéndolos entrar a clase.
El problema con enamorarse y expresarlo es que uno le da el cuchillo al enemigo, le da la espalda y no tiene de otrar que confiar en que la apuñalada no llegará o que al menos no será mortal. Porque enamorarse con miedo no se puede, eso no sería amor, sería un remedo de sentimiento atrofiado y gris sin posibilidad alguna de volverse feliz.

La madre

De pequeña siempre le tuve horror  a la ira de mi madre. Es que yo nací en otros tiempos y ella nació en tiempos aún más lejanos.

Ella nació en esos años míticos en los que los padres controlaban a sus retoños con miradas, era como un acto de magia en el que todo un sermón se concentraba en un parpadeo o una vuelta del globo ocular del progenitor. Esa mirada contenía el regaño, la razón del regaño y el castigo que encontrarías en cuanto llegaran a casa o la visita se fuera. La mirada también servía para aparecer y desaparecer niños de la vista de los adultos, ¡impresionante!

Mi mamá nació en esa época en la que la maestra era una segunda madre y “si la maestra te pegó, algo habrás hecho”. Es bueno que en mi época ya las maestras no pegaran reglazos, porque entonces me hubiera llevado muchas tandas dobles de castigo.

Mi vieja es cariñosa, de esas mamás en toda regla que hacen sopas de pollo y lavan ropa. De esas que aparecen las cosas que perdimos y pierden las cosas que no les gustan. Y como toda mamá en regla, es de esas que solo te miraba… te miraba… te mira.

Verán, yo nací en la época en que todo empezó a irse al carajo, sí, al carajo. La época en que los niños empezaron a jugar más en pantallas que en el patio, la época en la que las maestras ya no pegaban y que los padres empezaron a olvidar que las escuelas son para aprender y no solo para pasar de grado. Nací en esa época en la que mamá y papá trabajaban y a los niños los criaba la televisión. ¿Ya me entienden? Ahí se fue todo al carajo.

Pero como mi madre nació en un tiempo aún más lejano, yo nunca jugué en una pantalla. Yo fui forzada a correr y ensuciarme en el patio. Yo leí libros de insectos mientras todas las otras niñas soñaban con la nueva Barbie. Yo fui obligada a hacer mis propias tareas y resúmenes para la escuela y no era otra sino mi madre quien me tomaba la lección. Fueron años de terror en los que aprendí a cocinar mi propia comida, lavar mi propia ropa, saludar a mis mayores, sentarme apropiadamente, amar a mi familia y temer a Dios (y a mi madre).

No vayan a pensar que fui una santa… Para nada. Copié un par de exámenes, me fugué de algunas clases, fingí demencia para no hacer mis tareas y hasta tuve un par de novios. Ahhh, los noviecitos. Solo de pensar que si quedaba embarazada a esa edad mi madre me sacaría hijo y me lo haría tragar luego de matarme (claro, no sin antes morirse ella de la decepción), era suficiente anticonceptivo con A de abstinencia.

¿Salir de noche? ¿Mostrar el ombligo en público o las tetas o el trasero? ¿Irte un fin de semana con otro que no fuera mi hermano? NO, esos eran conceptos impensables en mi casa, para mi madre, para mí. Con decirles que la primera vez que usé maquillaje fue para mi baile de graduación cuando tenía 17 años. Y no volví a usar hasta que yo misma pudiera comprarlo.

Como dije, le tenía horror a la ira de mi madre. Es una ira dirigida a aquello que has hecho mal. Una ira en la que se ve la decepción y frustración y esa pregunta  de “¿qué hice mal?”, y bueno, cómo le explicas que ella no hizo nada mal, sino que eres tú el maldito vicioso. No, eso es muy complicado, mejor una trata de ser niña buena.

Ahora soy adulta y el horror continúa, porque mi madre sigue siendo mi madre.