Otra carta de desamor

Hace mucho que no escribo, ni aquí ni en ninguna parte.

Hace mucho que no escribo porque mis palabras se fueron en tu maleta. Lo cierto es que, de haber podido, yo también me habría ido en tu maleta y ahora que lo pienso, de alguna manera así fue. Siempre te dije que lo nuestro no era simple amor, sino intimidad. Esa intimidad que se vuelve complicidad que se vuelve comodidad en la piel ajena y la propia, como si cada uno fuera un capítulo del otro.

Pero la vida nos pasó rodando por encima de los planes de madrugadas juntos, de casitas blancas y millones de platos de pasta compartidos. La vida nos incendió los sueños hasta hacerlos cenizas blancas que se han metido alojado en lugares de mi alma a los que no llego para limpiar.

Hace años que no hablamos, pero yo sigo hablando contigo. En mi monólogo mental siempre eres el interlocutor. Estás ahí, al fondo, como la canción aquella que no se puede uno sacar de la cabeza, al fondo esperando un acorde perdido para saltar y quedarse dando vueltas por días hasta que logro sacudirte, pero sé que no te vas, solo esperas a la próxima oportunidad.

Y así estoy hoy, con tu recuerdo bien sentado junto a mí. Tu sonrisa de niño, tus manos fuertes y tus ganas de cambiar el mundo. Sentado junto a mí contándome chistes malos y el corazón se me hace chiquito y luego grande por turnos. Chiquito, grande, grande, grande, chiquito, chi qui to.

Buena parte de mí sigue esperando el día que vuelvas a aparecer por mi vera. Esa parte de mí sabe que cuando lo hagas, me amarraré a tu cintura, me meteré en tus huesos, me alojaré en tu espalda para ese siempre que dijimos que sería para siempre. La otra parte de mí me da bofetadas de realidad.

Lo cierto es, mi querido amor,  que no quiero olvidarte.

Reflexiones trasnochadas

He pasado un par de días de terror y con muy poco descanso lo que me ha dado tiempo de reflexionar cuán egotistas nos hemos vuelto.

No sé cuántas veces he leído aquello de “si un hombre no lucha por ti, es porque no reconoce tu valor; eres una reina, no dejes caer tu corona; no lo busques.”

No sé mucho de relaciones, lo que sé como maestra es que SIEMPRE se puede mejorar y NADIE es perfecto.  Es posible que no “valgas” tanto como crees. Es posible que no seas tan bueno como crees, que tú seas esa persona tóxica que tanto publicas que debes sacar de tu vida. ¿Lo has pensado? ¿Has considerado que tú puedas ser esa piedra en el zapato de aquel  a quien acusas de no valorarte?

Tal vez sería bueno sentarse y pensar si en verdad somos tan reinas, tan irremplazables, tan únicas. Tal vez deberíamos sentarnos y pensar objetivamente si quisiéramos a alguien con todos nuestros defectos a  nuestro lado. A veces el otro no es el problema, a veces el problema es que todo eso que pensamos que somos, no lo somos. A veces todo eso que pensamos que damos, no lo damos por amor, sino por orgullo, por ganas de enarbolar esa estúpida bandera de súper novia, súper amiga, súperwuman. Esa babosada de independencia que depende de los likes en facebook. Esa ceguera selectiva que solo nos aqueja a la hora de ver la viga en nuestro ojo.

En resumen, porqué no, en lugar de sentarnos y enumerar nuestras maravillas y razones para que nos amen, no nos sentamos y pensamos en maneras de ser más dignos de amor y en mejores formas de amar.

 

La gente

La gente tiene miedo,

miedo de envejecer,

miedo de engordar,

miedo de pasar el ridículo

(ya sea por gordos o viejos),

miedo de ser “normales”,

miedo de amar,

miedo de no ser amados.

La gente tiene miedo.

Tiene miedo de ser gente.

Miedo de ser juzgados,

miedo de que se den cuenta de que ellos también juzgan.

La gente, la gente …

miedo a desperdiciar la vida,

miedo a hacer y a no hacer.

Miedo… miedo… mi e do… mie d o… m  ie  do.

Mis hijas serán princesas

Voy a escribir esto y quizás a muchas feministas no les guste: voy a criar princesas; y siendo maestra, eso se extiende a todas las niñas que pasen por mi sombra.
Voy a criar princesas porque toma muchos cojones ser mujer, ¿me entienden?
Mi abuela siempre me llamó “reina”. Soy una lectora empedernida y nunca he leído de ninguna reina pusilánime, llorona, vanidosa e indefensa que haya pasado a la historia siendo apreciada. Al contrario, nos acordamos de Semiramis que cortó cabezas parejo con su esposo y  Sherezade que usó el cerebro para conservar la cabeza.
Para mi las reinas son las que mandan, las que con una mirada hacen que todo pase o se detenga. ¿Alguna vez se han preguntado por qué la mayoría de cuentos de hadas llevan a una mujer de protagonista? Las mujeres somos las princesas o las brujas del cuento, todo se revuelve alrededor de nosotras, sin nosotras el universo no existe. El príncipe llega al final, pero no a salvar a la princesa, sino buscando algo que le dé validez como hombre. No es el príncipe quien salva, es la pricesa quien le da sentido a la lucha que llevan los hombres adentro.
Por mi parte, soy una princesa. Una princesa que creció sabiendo que se merece respeto, amor y buen trato. Una princesa que sabe cocinar, lavar, cambiar llantas y que sabe que su poder reside en lo que sabe y puede hacer por sí misma. Que causar lástima no da poder, sino que lo quita.
Ser princesa no tiene nada que ver con tiaras y vestidos con crinolina. Ser princesa es saber que las uñas bien pintadas son lindas, pero lo que importa es para qué usas las manos.
Y no, no creo que empezar a satanizar todo lo que se ha  considerado femenino sea la forma de erradicar el machismo, más bien creo que lo reafirma.
Sí, puedes ser ingeniera y ponerte tacones. O puedes encontrar la cura contra el cáncer y hacerte la manicura cada semana. O puedes simplemente quedarte en casa cuidando a tus hijos y salir a la calle orgullosa porque tus niños saben lavar los platos. Puedes hacer todo eso sin renunciar al tutú rosa.
Voy a criar princesas que sepan que pueden seguir siendo mujeres y derribar paredes. Reinas que escojan las batallas y muevan la mano con displicencia cuando algo no está a su altura.
Y esta es la parte en que me van a odiar: por siglos las mujeres hemos criado y creado la sociedad. Somos nosotras las culpables de la perpetuación del machismo. Cada vez que decimos que el “patriarcado” nos oprime, le damos poder. ¿Recuerdan lo que dije de causar lástima?
Tal vez esta generación no tenga los beneficios, pero si seguimos trabajando por lo que sea que nos dé la gana de hacer sin escándalo, ellos ni siquiera sabrán cuando la sociedad haya cambiado.
Entonces, las princesas que hayamos criado serán las reinas.

Dulce fin del mundo

La ironía, lo mejor es reirse en medio de la desgracia, decía la abuela. Oh, ironía, que los último que le había dicho era que la única forma de amarlo más sería que estuviera cubierto de chocolate. Los deseos se hacen realidad de la forma más oscura en ocasiones.
Y bueno, ¿ a quién se le habrá ocurrido destapar esa cueva? Es como la película aquella de los dragones que terminaban rostizando al planeta entero y todo por un bendito túnel en el lugar equivocado que había despertado a la bestia. Y qué queda…huir, la vaina es que pa’ onde.
La calle vacía, espero que mi gente esté bien. Y no compré comida y mi único plan es acantonarme en medio de estas cuatro paredes rogando que el bicho aquel no lo descubra a uno.
No lo he visto aún, no en persona, pero en esta aldea todo lo pasa por la tele. Que si hallaron la cueva, que si era roja por dentro, que si hallaron algo vivo. Fotos, fotos, videos, videntes, viciosos, opiniones, conjeturas. A la cosa le dio hambre, a un científico le dio curiosidad, a la cosa le dieron chocolate. Pum! Duplicó y duplicó y triplicó y ahora era del tamaño del cuarto y el científico curioso se hizo chocolate y toda la masa de científicos y periodistas huyeron despavoridos, aunque algunos terminaron vueltos golosinas para el bicho, y no metafóricamente, que los convirtió en burundanga: chocolate, maniturrón, algodón de azúcar.
Y la vaina creciendo y la población disminuyendo. Los que no mueren para ser almuerzo, caen como “daño colateral” de las armas de destrucción masiva que no logran eliminar a la amenaza hambrienta.
Tiene gracia que el bicho nos vuelva comida. Ahora solo falta que aparezca Goku en su nube voladora y nos salve.
No hay nadie en casa, tal vez ya se fueron a la isla. Dicen que la cosa no sabe nadar.
Hay un par de botellas en el aparador, considerando las opciones, un coma etílico aparece como una idea tentadora. Beber hasta el desmayo y si el diablo me lleva llegaré al infierno borracho como un desgraciado.

La barca

Ella lo conoció y lo juzgó perdido.
Él, en su pequeña barca, como un niño asustado , y ella decidió quedarse por ahí, a su vera.
El primer instinto fue sacarlo de allí, llevarlo a tierra, construir una casa que no dependiera de las olas. Haló y jaló y jadeó tratando de llevarlo con todo y barca a aquella orilla con sus rocas protectoras, pero el horizonte se hizo negro y azotó la tempestad. Allí estaba ella, en la nada y decidió subirse a su barca. Gritó con horror cuando notó que él la empujaba.
Agua, miedo.
Se aferró, dejó las uñas, pero no le quedó remedio más que nadar sola a la orilla y allí se sentó a esperar que él volviera diciendo que la  amaba tanto que prefería enfrentarse a la tormenta solo, sin ella.
Y esa fue la primera de muchas veces, con el tiempo ella solo se dejaba llevar por las olas.
Una que otra vez terminaba en las rocas. Invariablemente acababa agotada con el cuerpo destrozado y él volvía jurando amores.
Se las creyó cada vez y empezó a construir una vida con los retazos cuando la tormenta cedía.
Hay algo terriblemente cruel en aquello de no poder morir de desamor; porque de amor nadie se muere, es el desamor lo que seca el alma, la oxida como la sal al hierro. Y a ella se le oxidaron las ganas y se le cayeron los sueños. Ella pidió subirse a la barca, está llena, le dijo. Y si sacamos eso. Está llena, te digo. Se sentó como pudo, en una esquina, sonriendo y esperando y temiendo, soñando que esta vez la sostuviera en la tormenta. Pero sus palabras se hacían ácidas, sus silencios, espesos, sus sonrisas, como arcoiris.
Ni siquiera notó su caída esta vez, no nadó, no deseó ir a la barca ni a la orilla, pero llegó. Miró y lo vio, remando, a lo lejos, sin buscarla, sin notar su ausencia porque la barca seguía llena.
Un pie, luego otro. Pasos lentos. Dando tiempo. Quizá demasiado tiempo.
Él volvió, confiado de hallar una comida caliente y se dio de frente con su soledad.
Tal vez ella lo estará esperando más allá de los árboles. Él no la buscará.

Nada que hacer

El demonio se asomó a su cama, respiró fuerte, casi bufó para lograr su cometido: despertarla. Y lo logró.
Ella despertó, entreabrió un ojo y lo vio. Era imposible no verlo, es un demonio enorme, feo y y estaba a cinco centímetros de su cara.
Toda la casa olía a azufre y cuerno quemado. El olor se impregnó en las cortinas, cada perro de la calle aullaba. El demonio sacó su lengua y mostró los dientes. Pero ella solo se dio la vuelta y volvió a dormir.
El demonio se sintió contrariado. Volvió a bufar. Acercó sus fauces hediondas a aquella cara que negaba su existencia. Ella sabía que estaba ahí, él sabía que ella sabía, ¿cómo podía simplemente ignorarlo?. Volvió a sacar la lengua, lengua bífida, y la pasó lentamente por el brazo descubierto, la muy insolente  ni siquiera se había arrebujado en las sábanas luego de ver el rostro temible.
No, ella simplemente yacía en su cama en la bendita paz del infante que duerme en el regazo de la madre.
Empezó a desesperar el demonio, tenía un objetivo, uno sencillo a su parecer: destruir esa paz.
Hay algo digno de admiración en la paciencia de los demonios. Ellos conocen su poder y definitivamente conocen el alma humana, acaso no nos llevan observando por milenios? Cada uno de ellos tiene una especialidad, la de este demonio era ser condenadamente terco.
Así, con esa terquedad característica y una dosis de necedad, el demonio se instaló en una silla cerca de la puerta de la habitación y desde ahí observó a su víctima dormir. Toda la noche pasó, bufando, chillando, haciendo chirrear los dientes. En un momento, ella despertó, se sentó en la cama y lo miró. Pensando que era su momento de triunfo, el demonio lanzó una carcajada que hizo estremecer la casa, pero ella solo le hizo un gesto de desaprobación y echó a andar el acondicionador de aire.
Por un momento se hizo silencio mientras el demonio se recuperaba de la sorpresa. Aquello nunca había pasado, era un desplante insólito, estaba atónito.
En la silla permaneció el intruso diciéndose que quizás era sonámbula la mujer, que en la mañana sería diferente.
Pero llegó la mañana y la mujer tomó su café como de  costumbre y salió a trabajar. Por la noche hubo visitas, una cena, el demonio seguía sentado en su esquina. Apagó y y encendió luces, encendieron velas.
Pasó otra noche y su día, y otro día con su noche. A este punto, la mujer incluso le ofreció comida al intruso.
Nada que hacer, pensó el demonio y recogió su lengua, acomodó la silla y se tomó una siesta antes de partir.

Llegar al tercer piso

Hoy cumplo 30… Hace 30 años, mis padres me recibieron en un frio hospital sin saber mi sexo y aun maravillados de que hubieran podido tener otro hijo.
30 años es lo siempre pensé que toma volverse adulto. Lo cierto es que sigo sin entender “a la gente grande”. No entiendo porqué mi jefe quiere que escriba informes , ni porqué debo perdirles “permiso” para dar solución a un problema antes de que se vuelva un portal siniestro a muchos problemas. No entiendo porqué la gente insiste en que me peine y me maquille, especialmente lo del maquillaje, para trabajar o simplemente salir a visitar a un amigo. Tampoco entiendo la obsesión por verse bien, pero no uno mismo, sino los otros.
Tengo 30 años y pienso que me veo mejor a las 3 am sin maquillaje y en bata que a las 8 am con la cara dibujada y tacones. Me veo mejor porque me siento más cómoda.
Tengo 30 años y pienso sinceramente que los zapatos son un invento del diablo y que nadie debería pasar más de 15 minutos por día peinándose.
30 años en los que dormir ha sido más importante que comer, comer más importante que meterme en la última moda. En que tener  tiempo para pasarlo con mis libros y mi gente ha sido más relevante que ganar mucho dinero para gastar en cosas que no tendré tiempo de usar. De hecho, llevo 30 años regalando lo que tengo. Es divertido regalar.
Pero también debo admitir que pensé que llegaría a los 30 en otras circunstancias. Debo admitir que mi vida no ha sido especialmente emocionante ni glamurosa, que no tengo historias que contar de aventuras inéditas. He leído mucho y escrito poco. Llorado pendejadas, reído de dolor, de felicidad y hasta de impotencia. Me he divertido. He dado besos equivocados y abrazos acertados.
En 30 años he perdido gente y conservado muy poca por miedo a perderla también.
En 30 años me doy cuenta de que me falta mucho para poder decir que terminé de crecer.

Columna de opinión

En general, no escribo de política porque creo sinceramente que este mundo solo lo puede arreglar Dios y que, por muy buenas que sean las intenciones de algunos, al sistema político mundial “ya se lo chupó el diablo”.
Hace muchos años, mi abuelita sembró un árbol de guanábana: fruta suculenta, nutritiva, resfrescante y medicinal. El árbol creció, pero mi abuela no vivió para verlo dar fruto.
Y sí, el árbol dio frutos, cosechamos enormes guanábanas, cosechas abundantes. Pero luego, una plaga atacó el árbol, empezó a “abortar” sus frutos y los que llegan a su tamaño óptimo son, en su mayoría, inservibles. Algunas frutas no presentan lesiones visibles hasta que tomas un cuchillo y las abres para desvelar un interior negro y seco en lugar de la pulpa blanca y jugosa. A veces es solo una parte de la fruta la que está afectada, pero en otros casos, la fruta entera va a parar a la basura. Aunque no puedo negar que de vez en cuando hallamos una guanábana perfecta.
Así veo la política, es un árbol necesario que podría producir frutos increíbles, sin embargo, está plagado. Sufre de una enfermedad que  corroe su centro y que hace que sus frutas sean impredecibles con una clara tendencia a la inutilidad, con algunas raras excepciones.
Mi viejo, que sabe de eso, dice que la única solución es tumbar el àrbol, sacarlo de raíz, sembrar otro y esperar que florezca. Como ya dije, en el caso de la política, eso está tan dañado que…