La barca

Ella lo conoció y lo juzgó perdido.
Él, en su pequeña barca, como un niño asustado , y ella decidió quedarse por ahí, a su vera.
El primer instinto fue sacarlo de allí, llevarlo a tierra, construir una casa que no dependiera de las olas. Haló y jaló y jadeó tratando de llevarlo con todo y barca a aquella orilla con sus rocas protectoras, pero el horizonte se hizo negro y azotó la tempestad. Allí estaba ella, en la nada y decidió subirse a su barca. Gritó con horror cuando notó que él la empujaba.
Agua, miedo.
Se aferró, dejó las uñas, pero no le quedó remedio más que nadar sola a la orilla y allí se sentó a esperar que él volviera diciendo que la  amaba tanto que prefería enfrentarse a la tormenta solo, sin ella.
Y esa fue la primera de muchas veces, con el tiempo ella solo se dejaba llevar por las olas.
Una que otra vez terminaba en las rocas. Invariablemente acababa agotada con el cuerpo destrozado y él volvía jurando amores.
Se las creyó cada vez y empezó a construir una vida con los retazos cuando la tormenta cedía.
Hay algo terriblemente cruel en aquello de no poder morir de desamor; porque de amor nadie se muere, es el desamor lo que seca el alma, la oxida como la sal al hierro. Y a ella se le oxidaron las ganas y se le cayeron los sueños. Ella pidió subirse a la barca, está llena, le dijo. Y si sacamos eso. Está llena, te digo. Se sentó como pudo, en una esquina, sonriendo y esperando y temiendo, soñando que esta vez la sostuviera en la tormenta. Pero sus palabras se hacían ácidas, sus silencios, espesos, sus sonrisas, como arcoiris.
Ni siquiera notó su caída esta vez, no nadó, no deseó ir a la barca ni a la orilla, pero llegó. Miró y lo vio, remando, a lo lejos, sin buscarla, sin notar su ausencia porque la barca seguía llena.
Un pie, luego otro. Pasos lentos. Dando tiempo. Quizá demasiado tiempo.
Él volvió, confiado de hallar una comida caliente y se dio de frente con su soledad.
Tal vez ella lo estará esperando más allá de los árboles. Él no la buscará.

Nada que hacer

El demonio se asomó a su cama, respiró fuerte, casi bufó para lograr su cometido: despertarla. Y lo logró.
Ella despertó, entreabrió un ojo y lo vio. Era imposible no verlo, es un demonio enorme, feo y y estaba a cinco centímetros de su cara.
Toda la casa olía a azufre y cuerno quemado. El olor se impregnó en las cortinas, cada perro de la calle aullaba. El demonio sacó su lengua y mostró los dientes. Pero ella solo se dio la vuelta y volvió a dormir.
El demonio se sintió contrariado. Volvió a bufar. Acercó sus fauces hediondas a aquella cara que negaba su existencia. Ella sabía que estaba ahí, él sabía que ella sabía, ¿cómo podía simplemente ignorarlo?. Volvió a sacar la lengua, lengua bífida, y la pasó lentamente por el brazo descubierto, la muy insolente  ni siquiera se había arrebujado en las sábanas luego de ver el rostro temible.
No, ella simplemente yacía en su cama en la bendita paz del infante que duerme en el regazo de la madre.
Empezó a desesperar el demonio, tenía un objetivo, uno sencillo a su parecer: destruir esa paz.
Hay algo digno de admiración en la paciencia de los demonios. Ellos conocen su poder y definitivamente conocen el alma humana, acaso no nos llevan observando por milenios? Cada uno de ellos tiene una especialidad, la de este demonio era ser condenadamente terco.
Así, con esa terquedad característica y una dosis de necedad, el demonio se instaló en una silla cerca de la puerta de la habitación y desde ahí observó a su víctima dormir. Toda la noche pasó, bufando, chillando, haciendo chirrear los dientes. En un momento, ella despertó, se sentó en la cama y lo miró. Pensando que era su momento de triunfo, el demonio lanzó una carcajada que hizo estremecer la casa, pero ella solo le hizo un gesto de desaprobación y echó a andar el acondicionador de aire.
Por un momento se hizo silencio mientras el demonio se recuperaba de la sorpresa. Aquello nunca había pasado, era un desplante insólito, estaba atónito.
En la silla permaneció el intruso diciéndose que quizás era sonámbula la mujer, que en la mañana sería diferente.
Pero llegó la mañana y la mujer tomó su café como de  costumbre y salió a trabajar. Por la noche hubo visitas, una cena, el demonio seguía sentado en su esquina. Apagó y y encendió luces, encendieron velas.
Pasó otra noche y su día, y otro día con su noche. A este punto, la mujer incluso le ofreció comida al intruso.
Nada que hacer, pensó el demonio y recogió su lengua, acomodó la silla y se tomó una siesta antes de partir.

Llegar al tercer piso

Hoy cumplo 30… Hace 30 años, mis padres me recibieron en un frio hospital sin saber mi sexo y aun maravillados de que hubieran podido tener otro hijo.
30 años es lo siempre pensé que toma volverse adulto. Lo cierto es que sigo sin entender “a la gente grande”. No entiendo porqué mi jefe quiere que escriba informes , ni porqué debo perdirles “permiso” para dar solución a un problema antes de que se vuelva un portal siniestro a muchos problemas. No entiendo porqué la gente insiste en que me peine y me maquille, especialmente lo del maquillaje, para trabajar o simplemente salir a visitar a un amigo. Tampoco entiendo la obsesión por verse bien, pero no uno mismo, sino los otros.
Tengo 30 años y pienso que me veo mejor a las 3 am sin maquillaje y en bata que a las 8 am con la cara dibujada y tacones. Me veo mejor porque me siento más cómoda.
Tengo 30 años y pienso sinceramente que los zapatos son un invento del diablo y que nadie debería pasar más de 15 minutos por día peinándose.
30 años en los que dormir ha sido más importante que comer, comer más importante que meterme en la última moda. En que tener  tiempo para pasarlo con mis libros y mi gente ha sido más relevante que ganar mucho dinero para gastar en cosas que no tendré tiempo de usar. De hecho, llevo 30 años regalando lo que tengo. Es divertido regalar.
Pero también debo admitir que pensé que llegaría a los 30 en otras circunstancias. Debo admitir que mi vida no ha sido especialmente emocionante ni glamurosa, que no tengo historias que contar de aventuras inéditas. He leído mucho y escrito poco. Llorado pendejadas, reído de dolor, de felicidad y hasta de impotencia. Me he divertido. He dado besos equivocados y abrazos acertados.
En 30 años he perdido gente y conservado muy poca por miedo a perderla también.
En 30 años me doy cuenta de que me falta mucho para poder decir que terminé de crecer.

Volver al mar

La sirena llegó a la orilla siguiendo a la vieja tortuga, la había seguido por años en su peregrinación para deshacerse de su carga de huevos. Es un verdadero placer ver a esa criatura desplazarse por las aguas frías año tras año, como hipnotizada. Cada año acompaña de lejos a esa tortuga y luego regresa  para ver a las pequeñas tortuguitas volver al mar.

Volver al mar, ¿acaso no es lo que todos queremos?. La levedad al sentirse mecido  por las olas, el abandono  del cuerpo, laxitud. ¿Quién no ha flotado en el océano y deseado quedarse allí?, solo quedarse allí para la eternidad, flotando, con los cabellos alrededor de la cara, sin peso, sin ruidos, sin el mundo.

Volver al mar se antoja como volver al vientre, antes de que todo se complicara.

Esas complicaciones ya casi no las recuerda la sirena, es una sensación vaga y lejana, la desazón de la gravedad. Cada vez que toca la orilla, cada que se tiende sobre una roca para esperar la marea, el sentimiento vuelve como una incomodidad. Con el tiempo ha aprendido a ignorarlo; se sienta y mira amanecer y olvida que una vez fue humana. Olvida que una vez tuvo piernas. Olvida que una vez sufrió.

Columna de opinión

En general, no escribo de política porque creo sinceramente que este mundo solo lo puede arreglar Dios y que, por muy buenas que sean las intenciones de algunos, al sistema político mundial “ya se lo chupó el diablo”.
Hace muchos años, mi abuelita sembró un árbol de guanábana: fruta suculenta, nutritiva, resfrescante y medicinal. El árbol creció, pero mi abuela no vivió para verlo dar fruto.
Y sí, el árbol dio frutos, cosechamos enormes guanábanas, cosechas abundantes. Pero luego, una plaga atacó el árbol, empezó a “abortar” sus frutos y los que llegan a su tamaño óptimo son, en su mayoría, inservibles. Algunas frutas no presentan lesiones visibles hasta que tomas un cuchillo y las abres para desvelar un interior negro y seco en lugar de la pulpa blanca y jugosa. A veces es solo una parte de la fruta la que está afectada, pero en otros casos, la fruta entera va a parar a la basura. Aunque no puedo negar que de vez en cuando hallamos una guanábana perfecta.
Así veo la política, es un árbol necesario que podría producir frutos increíbles, sin embargo, está plagado. Sufre de una enfermedad que  corroe su centro y que hace que sus frutas sean impredecibles con una clara tendencia a la inutilidad, con algunas raras excepciones.
Mi viejo, que sabe de eso, dice que la única solución es tumbar el àrbol, sacarlo de raíz, sembrar otro y esperar que florezca. Como ya dije, en el caso de la política, eso está tan dañado que…

La madre

De pequeña siempre le tuve horror  a la ira de mi madre. Es que yo nací en otros tiempos y ella nació en tiempos aún más lejanos.

Ella nació en esos años míticos en los que los padres controlaban a sus retoños con miradas, era como un acto de magia en el que todo un sermón se concentraba en un parpadeo o una vuelta del globo ocular del progenitor. Esa mirada contenía el regaño, la razón del regaño y el castigo que encontrarías en cuanto llegaran a casa o la visita se fuera. La mirada también servía para aparecer y desaparecer niños de la vista de los adultos, ¡impresionante!

Mi mamá nació en esa época en la que la maestra era una segunda madre y “si la maestra te pegó, algo habrás hecho”. Es bueno que en mi época ya las maestras no pegaran reglazos, porque entonces me hubiera llevado muchas tandas dobles de castigo.

Mi vieja es cariñosa, de esas mamás en toda regla que hacen sopas de pollo y lavan ropa. De esas que aparecen las cosas que perdimos y pierden las cosas que no les gustan. Y como toda mamá en regla, es de esas que solo te miraba… te miraba… te mira.

Verán, yo nací en la época en que todo empezó a irse al carajo, sí, al carajo. La época en que los niños empezaron a jugar más en pantallas que en el patio, la época en la que las maestras ya no pegaban y que los padres empezaron a olvidar que las escuelas son para aprender y no solo para pasar de grado. Nací en esa época en la que mamá y papá trabajaban y a los niños los criaba la televisión. ¿Ya me entienden? Ahí se fue todo al carajo.

Pero como mi madre nació en un tiempo aún más lejano, yo nunca jugué en una pantalla. Yo fui forzada a correr y ensuciarme en el patio. Yo leí libros de insectos mientras todas las otras niñas soñaban con la nueva Barbie. Yo fui obligada a hacer mis propias tareas y resúmenes para la escuela y no era otra sino mi madre quien me tomaba la lección. Fueron años de terror en los que aprendí a cocinar mi propia comida, lavar mi propia ropa, saludar a mis mayores, sentarme apropiadamente, amar a mi familia y temer a Dios (y a mi madre).

No vayan a pensar que fui una santa… Para nada. Copié un par de exámenes, me fugué de algunas clases, fingí demencia para no hacer mis tareas y hasta tuve un par de novios. Ahhh, los noviecitos. Solo de pensar que si quedaba embarazada a esa edad mi madre me sacaría hijo y me lo haría tragar luego de matarme (claro, no sin antes morirse ella de la decepción), era suficiente anticonceptivo con A de abstinencia.

¿Salir de noche? ¿Mostrar el ombligo en público o las tetas o el trasero? ¿Irte un fin de semana con otro que no fuera mi hermano? NO, esos eran conceptos impensables en mi casa, para mi madre, para mí. Con decirles que la primera vez que usé maquillaje fue para mi baile de graduación cuando tenía 17 años. Y no volví a usar hasta que yo misma pudiera comprarlo.

Como dije, le tenía horror a la ira de mi madre. Es una ira dirigida a aquello que has hecho mal. Una ira en la que se ve la decepción y frustración y esa pregunta  de “¿qué hice mal?”, y bueno, cómo le explicas que ella no hizo nada mal, sino que eres tú el maldito vicioso. No, eso es muy complicado, mejor una trata de ser niña buena.

Ahora soy adulta y el horror continúa, porque mi madre sigue siendo mi madre.

Hace 24 años…

Soy una mujer de 29 años, siempre me he considerado racional y lógica. Soy, también, una niña de papá. Mi papá ha sido mi héroe durante toda mi vida.
Hace 24 años, mi padre enloqueció. No digo que haya tenido un ataque temporal, no. Mi padre enloqueció y nunca volvió a ser el mismo. Golpeó a mi madre, la golpeó tan fuerte como para causarle un daño permanente en la dentadura, mi mamá ha ido perdiendo dientes desde entonces. También golpeó a mi hermano que trató de defender a nuestra madre. No es una escena buena para recordar y la verdad no puedo recordarla bien. Son solo flashazos sin orden temporal. Ni siquiera puedo recordar si el evento fue antes o después de mi quinto cumpleaños. Desde entonces no he tenido memoria temporal. Nunca he podido hacer una relación lineal de eventos en ningún momento del pasado. Mi memoria está irremediablemente dañada.
En esa noche, mi papá no solo atacó a la familia, sino también a otras personas y fue arrestado. Recuerdo las sirenas. las luces, mi impotencia y el miedo. Miedo… Miedo… Miedo… Llanto… Miedo.
Miedo porque el ser que debía protegerme se había vuelto un extraño, miedo porque no sabía si volvería, no sabía si quería que volviera. Miedo de ver el rostro lleno de sangre de mi madre y a mi hermano llorar y que nuestras lágrimas se volvieran una. Miedo de que nuestro llanto hiciera llorar a mi madre. Y ya no lloramos más. No lloramos más hasta que nos hicimos grandes.
Recuerdo la hierba en mis rodillas, la cerca a la que me aferré mientras gritaba que no se lo llevaran. Recuerdo el vaso de agua con azúcar y dormir con mi hermano en la cama de mamá, pero sin ella. Recuerdo habernos mudado a la casa de la tía… por miedo.
Recuerdo la clínica y a mi viejo en una pijama permanente. La clínica con una piscina vacía y sapos con los que jugábamos mientras los adultos hablaban durante la hora de visita. Recuerdo a mi papá en casa, deambulando como un sonámbulo, hablando consigo mismo, en la eterna pijama.
Recuerdo volver de la escuela, recoger las medicinas y poner mi cara más inocente mientras decía: “Papi, tómatelas que después mami me regaña”. Recuerdo que el grupo de medicinas cambió de formas y colores mientras los doctores encontraban la dosis adecuada.
Recuerdo el miedo cada vez que papá amenazaba con no tomarlas. Miedo a que golpeara de nuevo a mi mamá. Miedo de quedarnos con ella. Miedo de dejarla sola. Miedo de despertar un día y que mami estuviera muerta porque el viejo alucinó a mitad de noche y la mató. Ese miedo no se ha quitado. Ese miedo sigue. Miedo a que alguno se muera, porque sé que el viejo no viviría sin la vieja. Porque sé que ese que la golpeó no era él, sé que él la ama como una de esas viejas películas a blanco y negro.
El miedo no se va. El miedo está ahí cada vez que veo a mi papá muy callado o hablando mucho. El miedo aparece cada vez que sale en el carro y se demora más de lo que se había previsto. Miedo cada vez que se enoja o me mira con sus grandes ojos y me dice que no quiere que me case y lo deje solo. Miedo de dejarlo, miedo de quedarme.
No es violento el viejo, es solo un poco impredecible, como un niño. Llevo 24 años amando a un padre al cual tengo que tratar como a un niño a veces, lo que me enoja. Me enoja porque quiero un padre, porque lo respeto como padre, pero a veces se me pierde el padre en esa envoltura impredecible, impresionable y terca de un niño de 6 años con la autoridad y sabiduría de un hombre de 62.
Leí que los hijos de personas con estas enfermedades son más propensas a tenerlas. Estoy segura de que en esta casa la locura es contagiosa, bromeamos sobre ello, nos reímos y decimos que hasta el perro está loco. Uno se ríe para no llorar.

El Horror

Desde siempre le tuve asco a esa casa, cuando tocaba visitar a mi tía, yo simplemente inventaba excusas para no hacerlo. Pero ahora soy adulta, ahora las excusas me parecen lejanas como la gente que ya se ha muerto y el miedo de la culpa por no visitar a los vivos es más presente de lo que quisiera admitir.
Así, me trago mis remilgos y tomo el taxi hacia aquella casa con la firme determinación de no sentarme. Solo es cuestión de llegar, saludar y salir.
Al llegar me encuentro con la visión usual: repisas llenas de polvo, decoraciones que han camiado el color bajo capas de suciedad y los muebles, los muebles, cubiertos por esa pátina de sudor, grasa y polvo que vamos dejando los humanos en las telas. Esa pátina brillante y oleosa que hace que los sillones se vean como enormes manchas de sustancia pegajosa.
Respiro profundo y el tufo de humedad me golpea hasta casi ahogarme. Solo queda rezar porque la visita sea ridículamente corta.
Camino dentro de la casa y avisto la única silla que parece limpia. Es una de esas sillas altas de bar, supongo que esa sección de la casa está menos cochina porque es la cocina.
Desde mi pequeña plataforma, continúo la conversación. Mi tío está de pie junto a mi bebiendo un jugo y entonces, pasa:
Mi tío termina su bebida, pone el vaso sobre la mesada, acerca su mano a mi camisa, veo como acerca todo su cuerpo a mi, y antes de poder huir, procede a limpiarse la boca con mi manga.

Reflexiones de casi media noche

De vez en cuando leo alguna cosa que me tuerce los ovarios.
No vayan a creer que me refiero a algún problema mundial complicadísimo como Fukushima o Monsanto, no; que de eso se encarga mi medio toronja que es mucho más intelectual que yo.
Yo me entretengo con los detallitos de la foto grande, entienden? Con los problemillas domésticos, de entrecasa, las cositas de nada que andan carcomiendo la sociedad desde abajo.
Ùltimamente me vienen carcomiendo 2 asuntod que parecen no tener relación, pero ya verán cómo los empato al final.
Primero que todo tenemos el mentado feminismo. Que si las mujeres merecemos esto, que si merecemos aquello y lo de acuyá. Y por qué lo merecemos? Que porque somos mujeres. Y yo, suspirando de tedio. A ver, si las señoritas entendieran que en vez de andar pidiendo que los hombres piensen / actúen como “mujeres” , deberíamos pedirles que nos traten como humanos y nosotras hacer lo mismo.
A ver, ahí está la bola de humanas gritando que no necesitan un hombre y cuando sale un tipo guapo en la tele lo primero que hacen es mirarlo y decir estupideces tipo: hazme un hijo, papito!… ah, pero si un hombre dice que le quiere hacer un hijo a tal o cual belleza eso es agresión y “rape culture”. Decídanse, no?
No digo que está bien que los hombres anden desnudando a las mujeres con los ojos, lo que digo es que NADIE debe andar mirando a NADIE como genitales con piernas.
Luego salen las otras dándose golpes en la teta de que trabajan, de que se ganan su plata, de que no dependen de nadie, pero Dios las libre del insulto que supondría pagar la cena en un “date”, ni hablar de comprar con SU plata los condones o lo que sea que necesiten. Porque eso no, eso sí que no, que los hombres deben pagar todo para demostrar su interés en la mujere mientras la mujer intenta ocultar que es una interesada, y como el tipo piense que toda esa pagadera supone algún beneficio sexual gritamos “machiisssmooo” entre aspavientos y desmayos.
Doble moral, colegas. Y luego, los hombres buenos (porque quiero creer que no me llevé al último) no tienen idea de qué hacer y, pues, no hacen nada.
El otro asuntito que me molesta es esa gente que piensa que todo lo malo que le pase es culpa ajena. Tomemos que usted tiene 2 hijos y la mujer preñada (que nunca ha trabajado, porque pa’ eso tiene mari’o) y que usted tiene un trabajo que le reporta buen ingreso y solo tiene que ir a la oficina 2 días a la semana. Lo malo es que su jefe es un malnacido que paga cuando le apunta la nariz. Entonces, las cuentas se acumulan, la comida se atrasa y otros descalabros financieros.
Usted, como cualquier ser humano pensante y razonable, en los otros 5 días que no trabaja para dicho empleador, se busca cualquier trabajito que pague inmediatamente de preferencia o al menos con regularidad probada.
NO! Señores, nada de eso. Usted lo que hace esos otros 5 días es sobarle la panza a su mujer mientras se queja amargamente del malparido de su jefe y las injusticias de la vida en cuanta red social encuentre. Porque eso de buscar otro trabajo es de pobres.
Claro, cuando el jefe se entere y lo ponga de patitas en la calle, seguro tendrá tiempo de quejarse 24/7
A lo que voy es que me tuerce los ovarios esta manía moderna de victimizarse, este afán de causar lástima inflando los problemas.
Hay mujeres realmente abusadas por sus parejas y familias. Hay hombres que realmente trabajan como esclavos y con todo tienen que ver a sus familias llorar de hambre. La próxima vez que tengan ganas de gritar a los cuatro vientos cuán injusta es su vida, miren a su alrededor y piénsenlo 2 veces.