El problema de enamorarse.

El problema con enamorarse es que uno se queda desnudo. Uno se queda ahí, como quien quedó empapada porque un cabrón pasó a toda velocidad sobre el charco mientras tú caminabas por la acera, vestido de blanco, para una entrevista. Enamorarse se siente un poco como la primera vez que dejas a tu hijo en la puerta de la escuela, lo entregas despacio, miras a la maestra como intentando leerle el alma y los antecedentes y luego te quedas ahí, viéndolos entrar a clase.
El problema con enamorarse y expresarlo es que uno le da el cuchillo al enemigo, le da la espalda y no tiene de otrar que confiar en que la apuñalada no llegará o que al menos no será mortal. Porque enamorarse con miedo no se puede, eso no sería amor, sería un remedo de sentimiento atrofiado y gris sin posibilidad alguna de volverse feliz.

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Dulce fin del mundo

La ironía, lo mejor es reirse en medio de la desgracia, decía la abuela. Oh, ironía, que los último que le había dicho era que la única forma de amarlo más sería que estuviera cubierto de chocolate. Los deseos se hacen realidad de la forma más oscura en ocasiones.
Y bueno, ¿ a quién se le habrá ocurrido destapar esa cueva? Es como la película aquella de los dragones que terminaban rostizando al planeta entero y todo por un bendito túnel en el lugar equivocado que había despertado a la bestia. Y qué queda…huir, la vaina es que pa’ onde.
La calle vacía, espero que mi gente esté bien. Y no compré comida y mi único plan es acantonarme en medio de estas cuatro paredes rogando que el bicho aquel no lo descubra a uno.
No lo he visto aún, no en persona, pero en esta aldea todo lo pasa por la tele. Que si hallaron la cueva, que si era roja por dentro, que si hallaron algo vivo. Fotos, fotos, videos, videntes, viciosos, opiniones, conjeturas. A la cosa le dio hambre, a un científico le dio curiosidad, a la cosa le dieron chocolate. Pum! Duplicó y duplicó y triplicó y ahora era del tamaño del cuarto y el científico curioso se hizo chocolate y toda la masa de científicos y periodistas huyeron despavoridos, aunque algunos terminaron vueltos golosinas para el bicho, y no metafóricamente, que los convirtió en burundanga: chocolate, maniturrón, algodón de azúcar.
Y la vaina creciendo y la población disminuyendo. Los que no mueren para ser almuerzo, caen como “daño colateral” de las armas de destrucción masiva que no logran eliminar a la amenaza hambrienta.
Tiene gracia que el bicho nos vuelva comida. Ahora solo falta que aparezca Goku en su nube voladora y nos salve.
No hay nadie en casa, tal vez ya se fueron a la isla. Dicen que la cosa no sabe nadar.
Hay un par de botellas en el aparador, considerando las opciones, un coma etílico aparece como una idea tentadora. Beber hasta el desmayo y si el diablo me lleva llegaré al infierno borracho como un desgraciado.

La barca

Ella lo conoció y lo juzgó perdido.
Él, en su pequeña barca, como un niño asustado , y ella decidió quedarse por ahí, a su vera.
El primer instinto fue sacarlo de allí, llevarlo a tierra, construir una casa que no dependiera de las olas. Haló y jaló y jadeó tratando de llevarlo con todo y barca a aquella orilla con sus rocas protectoras, pero el horizonte se hizo negro y azotó la tempestad. Allí estaba ella, en la nada y decidió subirse a su barca. Gritó con horror cuando notó que él la empujaba.
Agua, miedo.
Se aferró, dejó las uñas, pero no le quedó remedio más que nadar sola a la orilla y allí se sentó a esperar que él volviera diciendo que la  amaba tanto que prefería enfrentarse a la tormenta solo, sin ella.
Y esa fue la primera de muchas veces, con el tiempo ella solo se dejaba llevar por las olas.
Una que otra vez terminaba en las rocas. Invariablemente acababa agotada con el cuerpo destrozado y él volvía jurando amores.
Se las creyó cada vez y empezó a construir una vida con los retazos cuando la tormenta cedía.
Hay algo terriblemente cruel en aquello de no poder morir de desamor; porque de amor nadie se muere, es el desamor lo que seca el alma, la oxida como la sal al hierro. Y a ella se le oxidaron las ganas y se le cayeron los sueños. Ella pidió subirse a la barca, está llena, le dijo. Y si sacamos eso. Está llena, te digo. Se sentó como pudo, en una esquina, sonriendo y esperando y temiendo, soñando que esta vez la sostuviera en la tormenta. Pero sus palabras se hacían ácidas, sus silencios, espesos, sus sonrisas, como arcoiris.
Ni siquiera notó su caída esta vez, no nadó, no deseó ir a la barca ni a la orilla, pero llegó. Miró y lo vio, remando, a lo lejos, sin buscarla, sin notar su ausencia porque la barca seguía llena.
Un pie, luego otro. Pasos lentos. Dando tiempo. Quizá demasiado tiempo.
Él volvió, confiado de hallar una comida caliente y se dio de frente con su soledad.
Tal vez ella lo estará esperando más allá de los árboles. Él no la buscará.

Nada que hacer

El demonio se asomó a su cama, respiró fuerte, casi bufó para lograr su cometido: despertarla. Y lo logró.
Ella despertó, entreabrió un ojo y lo vio. Era imposible no verlo, es un demonio enorme, feo y y estaba a cinco centímetros de su cara.
Toda la casa olía a azufre y cuerno quemado. El olor se impregnó en las cortinas, cada perro de la calle aullaba. El demonio sacó su lengua y mostró los dientes. Pero ella solo se dio la vuelta y volvió a dormir.
El demonio se sintió contrariado. Volvió a bufar. Acercó sus fauces hediondas a aquella cara que negaba su existencia. Ella sabía que estaba ahí, él sabía que ella sabía, ¿cómo podía simplemente ignorarlo?. Volvió a sacar la lengua, lengua bífida, y la pasó lentamente por el brazo descubierto, la muy insolente  ni siquiera se había arrebujado en las sábanas luego de ver el rostro temible.
No, ella simplemente yacía en su cama en la bendita paz del infante que duerme en el regazo de la madre.
Empezó a desesperar el demonio, tenía un objetivo, uno sencillo a su parecer: destruir esa paz.
Hay algo digno de admiración en la paciencia de los demonios. Ellos conocen su poder y definitivamente conocen el alma humana, acaso no nos llevan observando por milenios? Cada uno de ellos tiene una especialidad, la de este demonio era ser condenadamente terco.
Así, con esa terquedad característica y una dosis de necedad, el demonio se instaló en una silla cerca de la puerta de la habitación y desde ahí observó a su víctima dormir. Toda la noche pasó, bufando, chillando, haciendo chirrear los dientes. En un momento, ella despertó, se sentó en la cama y lo miró. Pensando que era su momento de triunfo, el demonio lanzó una carcajada que hizo estremecer la casa, pero ella solo le hizo un gesto de desaprobación y echó a andar el acondicionador de aire.
Por un momento se hizo silencio mientras el demonio se recuperaba de la sorpresa. Aquello nunca había pasado, era un desplante insólito, estaba atónito.
En la silla permaneció el intruso diciéndose que quizás era sonámbula la mujer, que en la mañana sería diferente.
Pero llegó la mañana y la mujer tomó su café como de  costumbre y salió a trabajar. Por la noche hubo visitas, una cena, el demonio seguía sentado en su esquina. Apagó y y encendió luces, encendieron velas.
Pasó otra noche y su día, y otro día con su noche. A este punto, la mujer incluso le ofreció comida al intruso.
Nada que hacer, pensó el demonio y recogió su lengua, acomodó la silla y se tomó una siesta antes de partir.

Llegar al tercer piso

Hoy cumplo 30… Hace 30 años, mis padres me recibieron en un frio hospital sin saber mi sexo y aun maravillados de que hubieran podido tener otro hijo.
30 años es lo siempre pensé que toma volverse adulto. Lo cierto es que sigo sin entender “a la gente grande”. No entiendo porqué mi jefe quiere que escriba informes , ni porqué debo perdirles “permiso” para dar solución a un problema antes de que se vuelva un portal siniestro a muchos problemas. No entiendo porqué la gente insiste en que me peine y me maquille, especialmente lo del maquillaje, para trabajar o simplemente salir a visitar a un amigo. Tampoco entiendo la obsesión por verse bien, pero no uno mismo, sino los otros.
Tengo 30 años y pienso que me veo mejor a las 3 am sin maquillaje y en bata que a las 8 am con la cara dibujada y tacones. Me veo mejor porque me siento más cómoda.
Tengo 30 años y pienso sinceramente que los zapatos son un invento del diablo y que nadie debería pasar más de 15 minutos por día peinándose.
30 años en los que dormir ha sido más importante que comer, comer más importante que meterme en la última moda. En que tener  tiempo para pasarlo con mis libros y mi gente ha sido más relevante que ganar mucho dinero para gastar en cosas que no tendré tiempo de usar. De hecho, llevo 30 años regalando lo que tengo. Es divertido regalar.
Pero también debo admitir que pensé que llegaría a los 30 en otras circunstancias. Debo admitir que mi vida no ha sido especialmente emocionante ni glamurosa, que no tengo historias que contar de aventuras inéditas. He leído mucho y escrito poco. Llorado pendejadas, reído de dolor, de felicidad y hasta de impotencia. Me he divertido. He dado besos equivocados y abrazos acertados.
En 30 años he perdido gente y conservado muy poca por miedo a perderla también.
En 30 años me doy cuenta de que me falta mucho para poder decir que terminé de crecer.

Volver al mar

La sirena llegó a la orilla siguiendo a la vieja tortuga, la había seguido por años en su peregrinación para deshacerse de su carga de huevos. Es un verdadero placer ver a esa criatura desplazarse por las aguas frías año tras año, como hipnotizada. Cada año acompaña de lejos a esa tortuga y luego regresa  para ver a las pequeñas tortuguitas volver al mar.

Volver al mar, ¿acaso no es lo que todos queremos?. La levedad al sentirse mecido  por las olas, el abandono  del cuerpo, laxitud. ¿Quién no ha flotado en el océano y deseado quedarse allí?, solo quedarse allí para la eternidad, flotando, con los cabellos alrededor de la cara, sin peso, sin ruidos, sin el mundo.

Volver al mar se antoja como volver al vientre, antes de que todo se complicara.

Esas complicaciones ya casi no las recuerda la sirena, es una sensación vaga y lejana, la desazón de la gravedad. Cada vez que toca la orilla, cada que se tiende sobre una roca para esperar la marea, el sentimiento vuelve como una incomodidad. Con el tiempo ha aprendido a ignorarlo; se sienta y mira amanecer y olvida que una vez fue humana. Olvida que una vez tuvo piernas. Olvida que una vez sufrió.

Columna de opinión

En general, no escribo de política porque creo sinceramente que este mundo solo lo puede arreglar Dios y que, por muy buenas que sean las intenciones de algunos, al sistema político mundial “ya se lo chupó el diablo”.
Hace muchos años, mi abuelita sembró un árbol de guanábana: fruta suculenta, nutritiva, resfrescante y medicinal. El árbol creció, pero mi abuela no vivió para verlo dar fruto.
Y sí, el árbol dio frutos, cosechamos enormes guanábanas, cosechas abundantes. Pero luego, una plaga atacó el árbol, empezó a “abortar” sus frutos y los que llegan a su tamaño óptimo son, en su mayoría, inservibles. Algunas frutas no presentan lesiones visibles hasta que tomas un cuchillo y las abres para desvelar un interior negro y seco en lugar de la pulpa blanca y jugosa. A veces es solo una parte de la fruta la que está afectada, pero en otros casos, la fruta entera va a parar a la basura. Aunque no puedo negar que de vez en cuando hallamos una guanábana perfecta.
Así veo la política, es un árbol necesario que podría producir frutos increíbles, sin embargo, está plagado. Sufre de una enfermedad que  corroe su centro y que hace que sus frutas sean impredecibles con una clara tendencia a la inutilidad, con algunas raras excepciones.
Mi viejo, que sabe de eso, dice que la única solución es tumbar el àrbol, sacarlo de raíz, sembrar otro y esperar que florezca. Como ya dije, en el caso de la política, eso está tan dañado que…