El problema de enamorarse.

El problema con enamorarse es que uno se queda desnudo. Uno se queda ahí, como quien quedó empapada porque un cabrón pasó a toda velocidad sobre el charco mientras tú caminabas por la acera, vestido de blanco, para una entrevista. Enamorarse se siente un poco como la primera vez que dejas a tu hijo en la puerta de la escuela, lo entregas despacio, miras a la maestra como intentando leerle el alma y los antecedentes y luego te quedas ahí, viéndolos entrar a clase.
El problema con enamorarse y expresarlo es que uno le da el cuchillo al enemigo, le da la espalda y no tiene de otrar que confiar en que la apuñalada no llegará o que al menos no será mortal. Porque enamorarse con miedo no se puede, eso no sería amor, sería un remedo de sentimiento atrofiado y gris sin posibilidad alguna de volverse feliz.

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Volver al mar

La sirena llegó a la orilla siguiendo a la vieja tortuga, la había seguido por años en su peregrinación para deshacerse de su carga de huevos. Es un verdadero placer ver a esa criatura desplazarse por las aguas frías año tras año, como hipnotizada. Cada año acompaña de lejos a esa tortuga y luego regresa  para ver a las pequeñas tortuguitas volver al mar.

Volver al mar, ¿acaso no es lo que todos queremos?. La levedad al sentirse mecido  por las olas, el abandono  del cuerpo, laxitud. ¿Quién no ha flotado en el océano y deseado quedarse allí?, solo quedarse allí para la eternidad, flotando, con los cabellos alrededor de la cara, sin peso, sin ruidos, sin el mundo.

Volver al mar se antoja como volver al vientre, antes de que todo se complicara.

Esas complicaciones ya casi no las recuerda la sirena, es una sensación vaga y lejana, la desazón de la gravedad. Cada vez que toca la orilla, cada que se tiende sobre una roca para esperar la marea, el sentimiento vuelve como una incomodidad. Con el tiempo ha aprendido a ignorarlo; se sienta y mira amanecer y olvida que una vez fue humana. Olvida que una vez tuvo piernas. Olvida que una vez sufrió.

¿Y el resto?

Había una vez… No importa lo que había. Lo que interesa es que había lo que les vengo a contar.
Y pues, niños y niñas, que estaba esta maestra. Una de estas clásicas maestras, con lentes y zapatos de abuelita. Una de estas que parece tropezarse hasta con su propia sombra y que debe hacer un esfuerzo enorme para parecer que tiene alguna autoridad. Y , pues, estaba esta maestra medio ahogada entre verbos y geografía, con historias de amor escritas en libros de lejanos lugares, porque así son las maestras de cuento, ¿no?
Y estando la maestra entre algún capítulo de la enciclopedia y los botones de su blusa, la encontró un mago.
Sí, un mago. Pero este mago en lugar de sacar conejos de sombreros y otras chapucerías, sacaba sonrisas de almas dormidas.
Y, pues, el alma de la maestra no es que estuviera dormida sino que andaba como distraída, ¿saben?
Lo que pasa es que a veces las maestras de cuento no saben muy bien para qué sirve la vida si no está escrito en algún libro, y en ninguno de los libros que había leído nuestra pobre maestra hablaba de eso de soltarse el pelo y subirse la falda para bailar furiosamente sobre alguna mesa. No que no. Ella solo sabía de academia hasta que llegó este mago.
Y, bueno, eso es todo lo que había. Ahora, sean buenos niños e imaginen el resto.

Valentina cumple 2

(Seguimos con la historia para niños, sobre una niña)

“Es viernes, eso dice tía-mamá. Dice que hoy es un día especial, que en la noche vamos a celebrar mi cumpleaños. Dice que ya soy una niña grande porque ya tengo 2 años.

Tía-mamá vino más tarde hoy. Me puso un vestido bonito y trajo un dulce. Un dulce rosado. Le puso una velita. Como soy una niña grande, esperé a que terminaran de cantar esa canción antes de meterle los deditos y probarlo. Me gusta el dulce. Tía-Mamá me tomó muchas fotos. Todo esto es muy emocionante, pero ya me están poniendo la pijama y Tía se va de nuevo. Lo bueno es que dice que mañana vamos a pasear.

Amaneció. Tía-Mamá me ha puesto el mismo vestido bonito de ayer y me peinó. Vamos a la casa de la otra tía, con todas esas puertas que abrir. La otra tía me preparó un plato de sopa de pollo, está muy rico y como me tomé casi toda la sopa me dieron gelatina. Hay muchas sillas y banquitos donde puedo subirme, hay cosas que puedo agarrar y todos se ríen, yo también me río.

El cuarto de la otra tía tiene un pájaro que cuelga del techo, quiero tocarlo, me da miedo, quiero tocarlo. La otra tía me carga y me ayuda a tocarlo, se mueve, me asusto, me río. La otra tía se pone una camisa bonita y nos vamos de paseo vruumm, vrummm. Claro, a los 5 minutos de estar en el carro, me quedo dormida. Cuando despierto estamos en un lugar con mucha gente, tengo que caminar porque las tías no trajeron mi coche. Pero ya soy una niña grande y puedo caminar con ellas.

Tía-Mamá dice que necesito ropa nueva. Hay mucha ropa aquí, pero ellas no se deciden. -“Me gusta ese de flores”- intento decir, lástima que aun no me entiendan *suspiro*. No importa, ya está Tía-Mamá hablando con esa señora que pone todo en una bolsa.

Caminamos y caminamos y caminamos más. Vemos muchas cosas de colores hasta que las tías deciden que ya he comprado suficiente ropa y es tiempo para ellas comprar. La otra tía es divertida, ella baila conmigo. Me gusta cuando baila. Y me habla en un idioma extraño, creo que quiere que la ayude a comprar una camisa.

Las tías me dieron dulce, ahora solo quiero correr y bailar. Las tías no me sueltan.

Es hora de ir a casa. Me gusta ir de compras con las tías.”Image

El cuento de Valentina

No suelo escribir para niños, pero últimamente mi vida está lleno de ellos.

“Valentina mira arriba, arriba, arriba. Todo está tan arriba. Allí están los adultos y con todas sus manos y voces y cuerpos. Y ella es tan pequeña. Por suerte los perros parecen ser de su tamaño. Son un poco extraños los perros, tienen pelos y si uno se descuida te lamen la cara. A la tía no le gusta que los perros laman a Valentina.

Ese es el otro problema de Valentina, tiene una tía que parece Mamá y Mamá es algo así como un mueble. Valentina prefiere a su tía y por eso la llama Mamá.

Tía-Mamá tiene un carro. A veces se va sin llevar a Valentina, solo dice que va a trabajar. A Valentina no le gusta esto y por eso llora y aprieta la pierna de Tía-Mamá porque sabe que si la gente no puede caminar, pues, no puede irse. Pero todos sus esfuerzos son en vano, Tía-Mamá insiste en irse cada día. Por suerte también regresa cada tarde. Es un alivio, Valentina no sabría qué hacer sin ella.

A veces Tía-Mamá lleva a Valentina de paseo. Entonces la baña y la peina y le pone ropa bonita. La sienta en el carro en una silla con una correa que no deja que uno se mueva y por más que intenta, Valentina no puede zafarse. En esos días de paseo, casi siempre van a buscar a la otra tía. La otra tía vive en otra casa con muchos otros tíos. Lo mejor de esa casa es que tiene muchas puertas y Valentina puede entrar y salir de los cuartos viendo cosas interesantes.

Hoy Valentina fue de paseo. La pusieron en el carro, pero el vrummm vrummm del carro siempre la hace dormir. Cuando despertó, estaba cerquita del mar. Con palmeras y una piscina grande con una tortuga enorme. Valentina quería meterse en la piscina, pero no sabe nadar así que no la dejaron. Después vieron unas estrellas rojas y negras, pero no estaban en el cielo sino en el agua.  En un cuarto había unas peceras como la de Tía-Mamá con peces de muchos colores. Y después, dejaron a Valentina meter las manos en una piscina, intentaron que tocara una de esas estrellas, pero mejor no, en ese momento Valentina pensó “necesito aprender a hablar rápido, estos adultos no me entienden.”

Valentina ya puede caminar, así que le gusta correr y en ese lugar había mucho espacio para correr con árboles grandes, grandes. Valentina se cayó, pero ya es una niña grande así que no lloró.

Usualmente el paseo termina cuando sale la luna y todo se pone oscuro. Pero hoy no, hoy es diferente. Hoy Valentina tiene su primer paseo de niña grande y fue a un restaurante. No un restaurante para niños, no. Un restaurante para gente grande, con un paraguas en la mesa y hasta le dieron una silla especial. La Tía-Mamá y la otra tía la dejaron comer de sus comidas y beber de sus limonadas.

Valentina estaba tan emocionada que no pudo dormir de camino a casa, ni siquiera con el vrummm vrummm del carro.”

La vaca más cerca, la cerca más lejos

La cosa va más o menos así: 2 niños se quedan sin supervisión, deciden ir a visitar una tía.

El panorama es bueno, mamá se fue a hacer un mandado, la tía vive cerca y siempre tiene cosas ricas para comer. Sí, mamá dijo que no salieran, pero si van y vienen rápido, ni se va a enterar, ¿cierto?.

Se ponen las chancletas, cierran la puerta y deciden el camino. La forma más rápida es cruzando el potrero; porque si lo rodean, seguro llegan mañana. Ella aparta la cerca para que él pase primero, porque eso es lo que hacen las hermanas mayores. Ella pasa detrás de él. Van caminando por el potrero desierto salpicado de árboles. Solo unos minutos más y estarán del otro lado, unos minutos más y estarán comiendo duro de alguna fruta deliciosa. El plan es per… Pero, ¿esa vaca de dónde salió? Ay Dios! Viene pa’ encima la vaca. Sí, la vaca blanca. Blanca, blanca, los ojos negros, camina, camina más rápido. No, no vale hacerse el muerto, es una vaca no un toro. Corre, chiquillo. La cerca. El potrero no se acaba. La vaca más cerca, la cerca más lejos. Corre, te digo. La cerca, la cerca, la que está cerca es la vaca. La cerca puya. No se abre. Es muy alta. La vaca. Separa los cables. Deslízate. Ya voy. La vaca es la que viene. La camisa que se traba. El pantalón que se rasga. Los niños que surgen del otro lado. Los niños que llegan pálidos donde la tía. La madre que los saluda.

 

Cabanga

-Quién lo diría, el dolor realmente puede ahogarte. – pensó mientras trataba de recuperar el aire que le acababa de sacar un golpe del recuerdo.

La verdad es que la vida parecía continuar igual: los mismos colores, sonidos. La misma rutina del trabajo y la soledad física. Pero la soledad física no duele, no, esa es solo un trámite transitorio. La soledad emocional, el vacío del ser singular, eso es lo que quema las entrañas y hace perder el alma.

Cabanga, eso que llaman cabanga es una cosa increíble; un monstruo que se esconde en los lugares comunes del pasado, se agazapa tras un olor, un chiste, una nota de la canción favorita, una escena de una película.

Cabanga, vacío. La certeza del amor perdido, de las ilusiones rotas y los sueños desechados por aquel que había jurado hacerlos realidad.

-¿Y ahora?- el monólogo interior no cesa aunque las lágrimas se escondan concienzudamente bajo esa sonrisa que todos admiran.

Sentarse a rumiar el dolor es una idea tentadora. Simplemente esconderse bajo las sábanas y que el tiempo borre las memorias junto con la carne y los huesos. Pero la sociedad exige que se pinte de guerra e insulte su desgracia, que se ponga tacones y se cambie el peinado. -¿Y de qué sirve todo eso?- se pregunta revolviendo las tripas una vez más para enterrar el amor allá al fondo y que no pueda volver a verlo.

Cartas quemadas, pero no se queman las palabras dichas y escuchadas. No se queman las caricias ni la sensación de engaño.

-Debería enojarme, insultar al mundo, a los hombres, mi sexo. Debería mandar todo a la mierda e irme.- y así, el odio sucede al dolor en un círculo eterno.

Cabanga. Es como el dolor del miembro fantasma. Ya se fue, no volverá. El teléfono no sonará con su voz al otro lado. Pero está presente, se ha ido sin irse. Se ha quedado como una sombra dentro de su sombra.